Una trepidante novela de aventuras, acción e intriga; impregnada de misterio desde los angeles primera hasta los angeles última página.

Año 1367. Los dos hombres más importantes de una clandestina sociedad cátara aparecen torturados y asesinados en l. a. ciudad de Narbona, al sur de Francia. Pertenecen a l. a. hermandad encargada de guardar el Santo Grial desde hace siglos.

Raimond Guibert, jefe militar del papa Urbano V, haciendo un want a l. a. mujer que lo adoptara en su infancia, se desplaza hasta Narbona para indagar sobre estas muertes. Mientras lleva a cabo sus pesquisas, conocerá a Joseph Clyment, un miembro de esta secreta sociedad cátara. Este le revelará que desde hace siglos son los responsables de mantener oculto el Santo Grial, que fue guardado por sus predecesores, y necesita encontrar el lugar donde está escondido antes de que lo hagan los que asesinaron a sus líderes, si es que no lo han hecho ya. Raimond aceptará ayudarle al estar convencido de que esta búsqueda le llevará hasta el asesino.

La búsqueda estará llena de pistas que deberán descifrar si quieren encontrar el cáliz de Cristo. Pero también estará llena de peligros.

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No tiene potestad para exigir tal cosa. Además, le recuerdo que el reo se ha declarado culpable. El caso está cerrado —aseguró autoritario. Sacó el pañuelo y se limpió los angeles nariz, con aire amenazante. Raimond podía ver ahora los angeles clase de personality que period realmente el inquisidor, sin l. a. máscara de los angeles cortesía puesta. period orgulloso, altivo, y probablemente se creía improved a todos, incluso podría asegurar que más bien andaba escaso de bondad. —Entonces pediré potestad al papa —amenazó sin ambages. Necesitaba jugar todas sus cartas. Alfred Simonet palideció momentáneamente. l. a. Inquisición estaba dirigida directamente por el papa desde hacía más de doscientos años, y a él le debían su poder. Comenzaba a hartarse de ese fantoche, que pretendía inmiscuirse en su hard work, pero period un hombre peligroso, mano ejecutora del papa. —No creo que sea necesario molestar al papa. Como ya le he dicho, el reo se ha declarado culpable. No hay caso en el que indagar —dijo más comedido. —Se ha declarado culpable porque no podía aguantar más el tormento que le infligían. Lo han obligado a declararse culpable. —Asqueado ya, Raimond se dirigió hacia los angeles puerta, incapaz de permanecer allí ni un segundo más—. Tendrá noticias mías, téngalo por seguro —amenazó antes de abandonar l. a. sala sin esperar respuesta. Capítulo eleven Bien entrada los angeles noche en Narbona, dos hombres caminaban por las calles desiertas rompiendo el silencio con sus apresurados pasos. El suelo de tierra de las calles suavizaba el sonido de las pisadas de sus zapatos. Tenían un encargo importante que ejecutar, y se mantenían en silencio y alerta para cumplirlo debidamente. Al llegar frente al edificio señalado, se detuvieron y uno de ellos susurró algo a los soldados apostados en l. a. puerta. Estos se apartaron sin abrir l. a. boca porque ya estaban advertidos con antelación. Los dos hombres se adentraron en el edificio con sigilo, intentando hacer el menor ruido posible, period de suma importancia que nadie les viera. Los candelabros iluminaban l. a. antesala, y se encaminaron hacia los angeles puerta derecha, donde unas escaleras poco iluminadas descendían hacia el subterráneo. Con paso lento y seguro, sigilosos como gatos, descendieron las húmedas escaleras. El ritmo de sus respiraciones iba aumentando paulatinamente por el nerviosismo, se acercaban a l. a. fase clave. Cerca ya del último escalón, a dos metros para llegar al pie de las escaleras, se detuvieron y aguzaron el oído. Todavía no podían ver al alguacil. No se oía ni una mosca, y esto les puso nerviosos. Debería estar durmiendo y roncar como un oso. Uno de ellos descendió dos peldaños más con una sutileza digna de encomio. Después, con los dos pies bien plantados en el suelo, asomó los angeles cabeza muy despacio, con sumo cuidado, y pudo ver con claridad al alguacil, repantingado sobre su silla, con los angeles cabeza apoyada en l. a. pared y los ojos cerrados. Pero no emitía sonido alguno, y dudaba si ya le habría hecho efecto l. a. droga que con anterioridad alguien debía administrarle. Se volvió hacia su compañero de fatigas, y por gestos le hizo saber sus dudas.

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