En l. a. decada de los cincuenta, mientras recorre Polonia, un Kapuscinski aprendiz de reportero vive obsesionado con cruzar los angeles frontera. No logra ir a Checoeslovaquia pero, a cambio, los angeles redaccion del diario en el que trabaja lo envia a l. a. India. El corresponsal parte con un libro, la Historia de Herodoto. Escrito desde l. a. perspectiva de medio siglo, Viajes con Herodoto se revela como un libro de dificil clasificacion. Es un reportaje? A ratos. Un estudio etnografico-antropologico? En parte si. Un libro de viajes? Tambien lo es. Un homenaje al Herodoto protorreportero y a l. a. calidad de su prosa? Desde luego. Y todo esto, plasmado en magnificas historias no ficticias en las que los soldados de Salamina conviven con un nino sin zapatos en l. a. Varsovia de 1942, Jerjes con Dostoievski, Creso con Louis Armstrong. / within the Fifties, Ryszard Kapuscinski entire college in Poland and have become a overseas correspondent. He used to be despatched to India the 1st cease on a decades-long travel of the area. Revisiting his thoughts of touring the globe with a duplicate of Herodotus' Histories in tow, Travels with Herodotus is a good chronicle of 1 man's international trip.

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Quien entre aquí sin un guía no saldrá. Sólo aquí y allá se divisan unas puertas en las paredes, pero están clausuradas, cerradas a cal y canto. Todo aparece desierto. De vez en cuando se ve deslizarse como una sombra a una mujer o a una pandilla de niños, pero los pequeños, asustados por el grito de Ahmed, desaparecen enseguida. Así llegamos ante un macizo portalón de steel sobre el cual Ahmed golpea con los nudillos un código. Desde el inside llega el susurro de unas sandalias arrastrándose y luego se oye el ruidoso chirrido de una llave girando en los angeles cerradura. Nos abre los angeles puerta un hombre de edad y aspecto indefinidos e intercambia con Ahmed unas palabras. Nos guía a través de un pequeño patio cerrado hasta una puerta hundida en los angeles tierra que conduce a un minarete. Está abierta, los dos me indican que l. a. franquee. Dentro reina una espesa oscuridad, pero se divisan los contornos de una escalera de caracol que sube por l. a. pared inside del minarete, que, a su vez, recuerda una gran chimenea de fábrica. Quien dirija l. a. vista hacia arriba verá que en lo alto, muy alto, brilla un punto de luz difuminada que desde este lugar parece una estrella remota y pálida: es el cielo. —We cross! —me cube con voz imperativo-alentadora Ahmed, que antes me ha dicho que desde los angeles cumbre veré toda l. a. ciudad de El Cairo—. nice view! —me asegura. Así que en marcha. l. a. cosa se presenta mal desde el principio. l. a. escalera es estrechísima y resbaladiza pues está cubierta de enviornment y polvo de argamasa. Pero lo peor es que no tiene ningún pasamanos, ni agarraderos, ni mangos, ni siquiera una cuerda, nada a lo que asirse. Pues nada, allá vamos. Sube que te sube. Lo más importante: no mirar hacia abajo. Ni hacia abajo ni hacia arriba. Clavar l. a. vista en el punto más cercano que se tiene delante, en ese peldaño que está a los angeles altura de los ojos. Desconectar l. a. imaginación, l. a. imaginación siempre magnifica el miedo. Irían de perlas cosas como yoga, nirvana y tantra, o como karma y moksha, algo que permitiera dejar de pensar, de sentir, de ser. Pues nada, allá vamos. Sube que te sube. Estrechez y oscuridad. Vértigo en círculos. Desde l. a. cumbre del minarete, cuando l. a. mezquita está abierta, el almuédano llama a los fieles a oración cinco veces al día. Los exhorta con una especie de cánticos monótonos, a veces bellísimos, solemnes, cautivadores, románticos. Sin embargo, nada parece indicar que nuestro minarete sea usado por alguien. Es un lugar abandonado desde hace años, huele a rancio, a polvo estadizo. No sé si fue debido al esfuerzo o a l. a. creciente sensación de miedo, pero lo cierto es que empecé a acusar cansancio y a todas luces ralenticé l. a. subida pues Ahmed se puso a apurarme. —Up, up! —insistía, y puesto que iba detrás de mí me cortaba toda posibilidad de retroceder, dar media vuelta, huir. No podía girar sobre mis talones y sortearlo: a un lado se abría el abismo. Pues nada, pensé, vamos allá. Sube que te sube. Nos encontrábamos ya tan alto y l. a. situación se presentaba tan peliaguda en aquella escalera sin pasamanos ni asideros que un movimiento brusco de cualquiera de nosotros habría significado una caída libre de los dos desde una altura de varios pisos.

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